Construyendo el camino

Me dijo mi madre hace ya más de diez años (ay va!!!!!0.0) que «madurar es adaptarse a los cambios» y es verdad. También añadiría que «el camino de la madurez está plagado de lágrimas». La semana pasada yo lloré mucho.

Las cosas llegan cuando menos te lo esperas y cuando te pones a analizar el camino que te ha llevado hasta ellas lo menos que puedes hacer es reírte y recordar el vídeo de Steve Jobs en el que dice que «los puntos se unen hacia atrás» ¡qué gran verdad!

Vamos a centrarnos.

Este mes de febrero, tras más de tres años voy a dejar mi puesto de trabajo para incorporarme a otro proyecto, otra empresa que cree en mis capacidades y en lo que puedo aportar a su idea. Una empresa que me propone nuevos retos y nuevos conocimientos. He llorado mucho.

El día que me llamaron de la tele (el trabajo que dejo) fue justo el día que me habían dicho que no volviera al trabajo que tenía en ese momento. Casualidades de la vida.

Empecé con 23 añitos y casi recién salida de la universidad. Después de 5 años fuera de la ciudad de la que ahora tenía que manejar toda la información política y social. Sin haberme puesto delante de una cámara de televisión en mi vida. Y lo logré. Y lloré mucho los primeros meses.

Por aquel entonces vivía con dos chicas que no conocía y acababa de empezar con el que sigue siendo hoy mi novio.

No parecen muchos cuatro años para los que lean esto, lo sé, pero para mí han sido un siglo. Toda una etapa vital en la que he crecido, he aprendido a creer en mí y en mis posibilidades, he conocido muchísima gente, he superado retos, muchos, grandes y pequeños, personales y laborales. Sin embargo, hace un tiempo que los retos se han ido reduciendo y aunque paso momentos GENIALES, la progresión se estancó, el aprendizaje también y el futuro sólo muestra opciones demasiado iguales al presente.

Llega el momento de despedirse con un «hasta luego» y dejando una parte grande de mi corazón en esa casa de paredes amarillas que tanto me han sacado de quicio a veces pero que tanto bien me han hecho.

Me toca decir «¡nos vemos fuera de aquí!» a los mejores compañeros que voy a tener nunca. Eso lo sé ya.

Me toca dar las GRACIAS a la jefa que en el momento más difícil apostó por mí a muerte y a la que le debo muchas cosas. Tantas que no las voy a poner aquí.

Me toca levantar la cabeza con orgullo y decir ADIÓS a los que no valoraron mi trabajo y que me han ayudado a dar un paso laboral que personalmente me cuesta mucho.

Y sobre todo me toca soltar amarras y mirar hacia delante con ganas, optimismo y valor, porque el camino es largo y en realidad, a pesar de todo, esto no ha hecho más que empezar…

«Para nada te vale una vida varada. Hoy te toca romper la baraja, porque anclado ni subes ni bajas. Para ser, para estar, para echar a volar hoy te toca solar las amarras»

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